Estancias
coloniales de
Argentina
La ciudad de
Córdoba se encuentra ubicada a mitad de camino entre el Río de la
Plata y el Alto Perú. En el primer reparto de tierras dispuso de un
terreno para la Compañía de Jesús, que construyó la iglesia y el
noviciado.
Para costear
los gastos, en 1610 adquirieron una estancia que aportara más
ingresos. A pesar de disponer de tierras de calidad y 1000 cabezas
de ganado no logró prosperar.
Dos años más
tarde, la situación se agravó. El obispo Fray Hernando de Trejo y
Sanabria fundó lo que se conoce como la Universidad Nacional
de Córdoba. La creación de sistemas de estancias abrió la
posibilidad de mejorar la situación. A través de mercedes (regalos)
y donaciones de ganado y también de tierras permitieron la creación
de las estancias. En 1618, Caroya y Jesús María, 1622, la de Santa
Catalina, 1644, la de Candonga, Santa Ana, La Calera, 1646, Alta
Gracia. En 1767, tras doscientos años, los enviados de Bucarelli,
gobernador de Buenos Aires, por orden del Rey Carlos III, expulsaron
a los jesuitas de los territorios.
Las
estancias eran establecimientos de campo creados para solventar con
las venta de sus productos las necesidades de la Compañía. Los
jesuitas realizaban la evangelización. En los talleres y escuelas el
indio aprendió la labranza y cultivo, albañilería, herrajería,
ebanistería, pintura, escultura.
Santa
Catalina: diseñada por Antonio Harls, jesuita alemán. El agua se
traía en conductos de piedra desde las sierras de Ongamira hasta el
tajamar. En 1760 se terminó de construir la iglesia con sus tres
patios. Su altar mayor es de algarrobo dorado con la figura de
Santa Catalina con su vestidos y joyas originales.
En las
tierras de Calabalumba la Vieja, la Compañía de Jesús adquiere
la Estancia de Santa Catalina que, comprendía algunas construcciones
y muchas cabezas de ganado. La primera gran obra de los jesuitas fue
de ingeniería hidráulica: un conjunto de conductos subterráneos por
el cual el agua llegaba a la finca desde Ongamira, a varios
kilómetros en las sierras, y era almacenada en un gran
tajamar. Así, Santa Catalina se convirtió en el gran centro de
producción con cabezas de ganado vacuno, ovino y mular, además
de sus telares, la herrería, la carpintería, el batán y dos molinos.
Santa Catalina es conocida por su iglesia barroca colonial en
Argentina. En 1754, los jesuitas terminaron la iglesia. Su
fachada, flanqueada por dos torres y un portal en curva, con
pilastras y frontones curvos. En su interior: una sola nave en cruz
latina que culmina en la cúpula circular con ventanas en la bóveda,
el gran retablo del altar mayor tallado en madera y dorado, en el
que se destaca un lienzo de la patrona de la estancia, una
imagen de vestir del Señor de la Humildad y la Paciencia y la talla
policromada de un Cristo crucificado.
A la iglesia
se le suman las demás construcciones al estilo claustros, galerías
con bóvedas de cañón, talleres, caballerizas, depósitos, huertas y
rancherías.
Luego de la
expulsión de la Orden, Don Francisco Antonio Díaz adquirió la
estancia Santa Catalina permaneciendo en manos de familiares
descendientes.
Santa
Gertrudis: conocida por Candonga, nombre indígena. Queda una pequeña
capilla. El arquitecto Mario Buschiazzo la describe: "La capilla
de Candonga tiene el encanto de las cosas humildes, es bella sin
pretender serlo, es grata por ese indefinible sabor de todo lo
vetusto, es un símbolo en medio de la soledad, es la fe, que para
alcanzar su máxima expresión busca siempre el arte."
Jesús María:
los jesuitas lograron que cada establecimiento contara con su
spropios bienes. el Colegio San Carlos y su templo eran financiados
por la estancia Jesús María.
Luego se
agregaron la estancia de Alta Gracia y Candelaria. Al noviciado se
le adjudicó la estancia Santa Catalina, y al Colegio Monserrat le
correspondió Caroya.
Jesús María
se encontraba en una zona llamada Guanusacate, que significa río
seco). Gracias a sus viñedos de 12000 cedpas y bodega fue
prosperando.
Alta Gracia.
De arquitectura Barroca e influencia portuguesa, está conformado por
la Iglesia Nuestra Señora de la Merced y una residencia con
jardines. Esta estancia fue dedicada al sustento del noviciado. En
ella se realizaba la fundición de campanas para las capillas.
Los jesuitas crearon un programa de acequias y diques que
sostenían las huertas durante todo el año. La estancia fue
finalmente rematada y luego adquirida por el virrey Liniers quien la
convirtió en su lugar de residencia. Hoy se la conoce como Museo
Histórico Nacional de la Casa del Virrey Liniers.
Caroya: se
encuentra sobre lo que fue el Camino Real al Alto Perú, a 50km al
norte de Córdoba. Fue creada como casa de descanso de los
estudiantes de la Universidad y del Colegio. Conseva sus 25
habitaciones y grandes patios. Hacia 1814 funcionó la primera
fábrica de instrumentos blancos del país.
Hacia 1616
se organiza la primera estancia de la Compañia de Jesús. Hacia
1661 fue vendida al fundador del Colegio Monserrat, el Presbítero
Ignacio Duarte Quiróz, quien hace producir trigo, frutas, miel,
vino. En 1867, la dona al Colegió para luegar de veraneo de los
estudiantes. Juan José Paso, Nicolás Avellaneda, los hijos del
Virrey Liniers. Entre 1814 y 1816 convierten a Caroya en la primera
fábrica de armas blancas que abastece al Ejército del Norte. En 1854
para al Gobierno Nacional. Bajo la presidencia de Nicolás Avellaneda
se destina a albergue de inmigrantes italianos. En 1878 comienza la
organización del pueblo.
La
residencia se organiza en torno a un patio. Actualmente muestra
rasgos arquitectónicos de los siglo XVII, XVIII y XIX. En las
habitaciones de los claustros, los muebles y objetos son el
testimonio de las diversas épocas y sus habitantes. La capilla del
siglo XVII, una imagen en el altar de la Virgen de Monserrat. De la
época de los friulianos, baúles, ruecas, muebles, un tonel con
prensa para uvas.
La
Candelaria: es muy sencilla y de menores proporciones que las otras.
Se distinguió por sus mulas y ovejas.
El grabado
en la puerta de la habitación del Padre encargado de la estancia
reza: "1683". Es el año en el que se consolidó la Estancia de
la Candelaria en manos jesuitas. Llegó a ser el mejor ejemplo de un
establecimiento serrano productor de ganadería extensiva,
fundamentalmente mular, destinado al tráfico de bienes desde y hacia
el Alto Perú.
En los
parajes voluntad misionera no sólo tuvo que enfrentarse con
las inclemencias de la geografía y del clima, sino con el asedio de
los malones.
Este entorno
marcó la diferencia arquitectónica con las otras estancias
jesuíticas, ya que su situación intermedia entre fortín y residencia
con santuario es única en la provincia. En un páramo donde predomina
la piedra solamente, sus murallas perimetrales y una única puerta de
acceso evidencian la resistencia de los aborígenes que enfrentaban a
la colonización.
En la
fachada de la iglesia, sobresale su espadaña barroca con tres
campanas. En el altar se destacan sus colores pasteles y
ornamentos simples, con algunas imágenes y una talla en madera de la
Virgen de la Candelaria. Al lado de su entrada, un recinto con
un orificio para la guardia frente a los malones. Expulsados los
jesuitas, la Junta de Temporalidades dispuso su fraccionamiento. Al
igual que las restantes, el casco de la Estancia de La Candelaria
fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1941 y fue adquirido
por el gobierno provincial recién en 1982.
El patio
principal y la ranchería de los esclavos, construida por
apilamiento de piedras con techo de paja, aún resisten. Completan el
conjunto los corrales, el resto del tajamar, molinos y acequias.
(Extraído
de Monumentos religiosos de Córdoba Colonial. Antonio Lascano
González. 1942. Documentos de Arte Argentino. Mario J. Buschiazzo y
Martín Noel. Buenos Aires. 1942)